CARTAS DE LOS LECTORES
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INTERCAMBIO EN EL MAR
Hace diez año que nos casamos. Y diez que celebramos nuestra luna de miel. Una larga e intensa década de sexo y amor había, pues, transcurrido desde aquel primer crucero…
Recuerdo como si fuese ayer que aquella vez apenas nos dio tiempo de cerrar la puerta del camarote y ya nos estábamos arrancando la ropa, ansiosos como dos adolescentes por echar nuestro primer polvo “bendito”. Aquella vez Juanjo, mi entonces flamante esposo, empezó por comerse mi húmeda almeja como aperitivo mientras yo reposaba, con las piernas bien abiertas, en la butaca, recuperándome del trajín de la boda. Claro que semejante inicio del crucero sólo pudo garantizar el éxito. Desde luego aprendimos mucha más sexología que no geografía mediterránea…
Ya antes de zarpar habíamos estrenado la cama con uno de aquellos polvos salvajes y no previstos que tan bien saben cuando los cuerpos todavía esconden incógnitas para el otro.
Pero aquel ardor, como todas las temperaturas, bajó un poquito con los años. Llegó “la parejita” -6 y 4 años- y la vida cotidiana se hizo patente hasta en la cama bajo el techo hipotecado y ya perdían pasión hasta nuestros polvos sabatinos en la ducha, ritual que habíamos prometido mantener “para siempre-siempre”.
Ahora seguíamos, evidentemente, siendo marido y mujer; nos queríamos; follábamos cómodamente juntos pero…
Por eso, cuando en un periódico leí un minúsculo anuncio por palabras que reclamaba “parejas interesadas en un crucero liberal” no me lo pensé dos veces. Marqué el número indicado, una chica me aseguró que realmente sería solamente para parejas “con ideas modernas” -expresión suya literalmente- y al día siguiente ingresé la paga y señal requerida para la reserva.
Juanjo me miró incrédulo cuando abrió el sobre con los billetes:
-¿Y qué vamos tu y yo a hacer en un crucero, querida? -preguntó, sin disimular cierta ironía.
-Lo mismo que en el último y único, ¡follar! -repliqué, sonriente.
Se echó a reír y me besó en la boca.
-No hace falta que nos vayamos a ninguna parte para eso, - me aseguró.
-Pues en este caso sí, porque es un crucero sólo para parejas como tú y yo, liberales y cachondas.
Me miró como si estuviera majara perdida.
-¿Un crucero-orgía?
-No, hombre, que no. Sólo gente maja, divertida, con ganas de pasarlo bien... y si pasa, ¡pasa!
-¿Pasa qué?
-Un intercambio. ¡Tu con una señora y yo con su marido! Sólo si nos apetece, claro... Pero a mí me parece que será muy romántico... -susurré con mi voz más dulce e íntima.
Su única respuesta fue un revolcón salvaje en la cocina, breve pero satisfactorio.
Y llegó el día del embarque, dos semanas más tarde. El buque era impresionante, parecido al de “Vacaciones en el Mar”. Y mis nervios parecidos a los del día de mi boda. Juanjo, en cambio, se lo tomaba, todavía, con cierto cachondeo y escepticismo. Pero yo vi cómo miraba a una joven morena que subía a bordo delante de nosotros, al lado de un hombre alto y atlético. Ella llevaba una minifalda de ante que más que tapar destacaba su respingón culo, y yo sé que los culos son para Juanjo lo que la miel para las moscas, así que deduje que nuestros días sobre las olas podrían llegar a ser muy estimulantes... por decir algo.
El camarote era amplio y cómodo y en la mesita teníamos un centro de flores y una botella de cava esperaba, fresquita, en el mini-bar. Quien nos había asegurado que la cosa iba a ser sensual por lo visto se lo tomaba en serio. Tan en serio que, previsor, había colocado un paquete de preservativos “Black Jack” en el baño. Se lo enseñé a Juanjo y los dos nos echamos a reír.
Luego me metí en la ducha, sintiéndome extraordinariamente caliente. La mera idea de ser mujer y sólo mujer durante una semana entera era muy estimulante y no pude reprimir mis impulsos y pronto, mientras enjabonaba cada milímetro de mi cuerpo, dejé deslizar un dedo entre mis piernas, masajeando suavemente el clítoris hasta sentirlo duro, pulseando, y luego, claro, no pude parar, sino acabé sentada en el suelo, con el teléfono de la ducha entre las piernas y el agua tibia regando mis ardores que iban in crescendo según mis ansiosos dedos entraban y salían de mi hambriento chochete hasta llevarme a una maravillosa corrida.
Al salir del baño, ya maquillada, perfumada y lista para dar -y recibir- más “guerra” vi que Juanjo también estaba “a punto”. Echado encima de la cama, vestido sólo con el calzoncillo, hojeaba una revista erótica y su mano estaba sospechosamente cerca de su entrepierna cuyo tamaño me dio a entender que yo no era la única animada de nuestro camarote.
A la hora del cóctel, antes de la cena y ya en alta mar, supimos que la inspiración sexual era, aparentemente, el denominador común entre todos los pasajeros. Eramos unas ochenta o noventa personas, bien vestidas pero con ese disimulado toque de elegancia mezclada con el descaro exhibicionista que nos encanta a las mujeres calientes. Habían personas de todas las edades y, como descubrimos al charlar con algunos de los demás, de casi todas las provincias españolas. Una pareja de San Sebastián nos explicó que solía frecuentar un club de intercambio en Barcelona y que fue allí donde se enteraron del crucero y, animada por otras dos parejas amigas, de Madrid, decidió lanzarse a la aventura de ligar en el mar.
Después de cenar nos fuimos al salón a tomarnos “la penúltima”. Era grande y agrdable, con música muy adecuada para bailar agarrados y, obviamente, no me negué cuando un hombre muy apuesto se acercó y me invitó a salir a la pista. Se llamaba Pablo y me indicó que su mujer, una mujer algo regordeta pero muy elegante y guapa, bailaba muy cerca -con énfasis en muy- de un señor algo canoso.
-A nosotros lo que nos van son los tríos,- explicó mi nuevo amigo mientras posó la mano en mi nalga, apretando sin el menor disimulo.
Olía agradable, a after-shave caro, y bailaba bien, pero la verdad es que ni era él mi tipo ni creí que Juanjo estaría de acuerdo en “prestarme” para un trío así por las buenas. Bailé, pues, otra canción con él y volví al sofá donde me esperaba mi marido con una sonrisa algo tensa. (Siempre ha sido muy celoso...) Me dejé caer a su lado y le besé, dejando que mi mano, disimuladamente, se colara entre su cinturón y la piel. Noté que tenía el capullo vibrando, emocionado, y no era para menos ya que a nuestro alrededor muchas parejas parecían estar igual de animadas que nosotros. Algunos estaban ya sentados de cuatro en cuatro, mientras otros bailaban estrechamente enlazadas sin que se supiera si con la media naranja correspondiente o la del vecino.
Entonces, mientras mi mano todavía acariciaba la tela que envolvía el duro capullo de Juanjo, se sentó a nuestro lado la morena con la minifalda y su marido.
Noté como mi esposo, de repente, vibró (sí, en el capullo también, si es que los capullos vibran) y su interés por los alrededores inmediatos aumentó notablemente. Yo, como me imaginaba lo que se avecinaba, miré (de reojo) al marido de la morena. Alto, de complexión fuerte pero atlético, con barba y gafas. No era un Adonis pero no estaba mal y parecía muy tranquilo, con clase. Ella, vista de frente, no era tan impresionante como su culo vestido con minifalda. Bastante menuda, con poco pecho y una cara que no era más bien “del montón” pero unos dientes perfectos y las piernas bien contorneadas las enseñaba ahora también, pero esta vez a través del corte en la larga falda de seda que llevaba. Además llevaba liguero, era evidente a través de la fina tela… Pensé que mi traje sastre quedaba más bien ridículo en tan sensual compañía, pero la verdad es que con dos hijos una no tiene ni mucho presupuesto ni mucha ocasión para faldas largas y negras de seda. (Para liguero sí, tengo un par y a mi Juanjo le vuelven loco…)
A los pocos minutos de sentarse ellos decidí yo misma abrir fuego (o romper el hielo, según como se vea). Pedí fuego al marido a la par que sonreí, cómplice, a su mujer. De allí a ofrecerles compartir una botella de cava “que acabamos de pedir” (mentira cochina, pero en el sexo y en la guerra todo vale, ¿verdad?) todo fue sencillo.
Nos presentamos y supimos que nuestros nuevos amigos (¿ligues?) se llamaban Rosa y Pepe y vivían en Vilafranca. El era administrador de una caja de ahorros y ella trabajaba de esteticista en una peluquería. Después de la primera copa de cava (que pedí a escondidas, con la excusa de ir “a arreglarme un poquito”), ya todos un poco más relajados, nos confesó Rosa que la idea del crucero había sido de Pepe, “para poner un poco de aventura” en su relación. Yo, riéndome, aseguré que en nuestro caso la idea había sido mía “porque Juanjo es muy celoso”… Pepe y Rosa se rieron a gusto y ya todos nos sentíamos bastante más a gusto (creo).
Tan a gusto que Pepe me invitó a bailar y así dejamos solos a Rosa con Juanjo… Bailaba un poco patoso, como los chicos en el colegio, pero tenía encanto, eduación y ternura y su cuerpo era firme, agradable, apretándose hacia el mío.
Bailamos tres canciones. Y nos calentamos por trescientas…
Y al volver a los asientos encontramos sólo una nota apoyada en la cubitera: “Os esperamos”… Pepe y yo nos miramos, entre confusión y cachondeo, porque ninguno sabíamos exactamente qué deducir de aquel escueto mensaje. Finalmente sugerí yo que empezaramos por nuestro camarote. Y, efectivamente, allí estaban, esperándonos con la puerta sin cerrar del todo: Rosa, la tímida, con la falda muy subida, hasta la cintura, mientras mi marido le comía todo lo no escondía el liguero rosa y lo comía con hambre y maestría. Sentí como Pepe, a mi lado, se volvió rígido, tenso, pero en seguida se relajó, decidido a seguirles el juego a aquellos dos descarados. Me tomó de la mano, con cariño, y me llevó hasta el rincón y con mucha ternura me desnudó, acariciando cada trozo de mi cuerpo, como se preparan para el amor los adolescentes vírgenes y yo me dejé hacer. Era fenomenal sentirme deseada, adorada, mimada y, a la vez, fantásticamente putilla y pecadora en todos los sentidos. Cuando al fin no pude más dejé que mis manos abrieran la hebilla del pantalón; que mi lengua mojara sus pezones; que mis rodillas masajearan sus testículos mientras mi lengua buscaban el néctar anhelado. ¡Y todo ello en una butaca! Mientras, naturalmente, Juanjo y Rosa gozaban de buena gana y gran destreza encima de la ancha cama y se oía claramente el “clop-clop” de cada embestida suya en su abierto coño. Yo, cuanto más los oía más caliente me ponía, hasta que al fin casi arranqué los pantalones a Pepe, descubriendo que los números no sólo funcionaban en su profesión de banquero sino también podrían aplicarse a su gorda y poderosa herramienta.
Follamos como locos, conmigo arrodillada en la butaca, agarrándome al respaldo, mientras él, de pie, me embestía hasta que mi vulva ya no sabía cómo acoger tanta carne y le imploraba una relajante y mojada corrida. Pero no me complació allí y entonces, sino me hizo girar y, finalmente, se corrió en mi cara, dejándome lamer hasta la última gota de esa magnífica polla prestada.
Claro está que yo no tenía suficiente y creo que Pepe tampoco así que nos unimos a la fiesta “cómoda” de nuestros cónyuges y allí, encima de la cama todavía sin deshacer vivimos nuestro primer intercambio de pareja en la mejor de las armonías y, naturalmente, Rosa y yo acabamos juntas, cuando ya se habían rendido nuestros maridos, permitiéndonos el lujazo de otro orgasmo, totalmente femenino, feminista y lesbiano. Porque donde hay dos vaginas y dos lenguas y uñas tan largas como bien limadas sólo pueden producirse corridas así de salvajes… Ellos dos, exhaustos, nos observaban. Desnudos y compañeros observaban como, finalmente, la última palabra en materia sexo era nuestra.
¿Que os cuente el resto del viaje? No creo que sea necesario porque quizás era el plan que nos follarámos todos a todos, pero al menos yo y Juanjo tuvimos suficiente con el hallazgo de esa pareja y escogimos joder una y otra vez con ellos. Porque, como dice, el refrán “curar lo que está sano”.
¿Que si me apuntaría a otro crucero? ¡Claro! E igual me ligaría a alguien como que, simplemente, disfrutaría viviendo el ambientazo de sexo “flotante”…. (en todos los sentidos) y follaría con mi Juanjo una y otra vez… o dejaría que me penetrara hasta el mismísmo Capitán. Pero lo que sí os aseguro es que el aire del mar abre el apetito. Y todos los apetitos.
Maryan