CARTAS DE LOS LECTORES
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Anuncio personal
Juro que no era mi intención serle infiel a mi muy querida esposa, sino solo quería matar el rato de espera en el aeropuerto. Hojee "El País" dominical, pero los líos políticos estaban de vacaciones; los sucesos sin otros percances que los pequeños hurtos y accidentes de trafico y la farándula estaba toda recluida en Marbella. Lógico, pues, que yo me dirigiera hacia los pequeños anuncios clasificados para leer los deseos y sueños de mis conciudadanos mezclados con ofertas descaradas de "Estudiante, 20, no profesional. Griego y francés. Visa" y otros donde el diario, como todos, cumplía su función proxeneta a la perfección.
Pero, la verdad, las ofertas de sexo profesional resultan aburridas y, además, yo no buscaba serle infiel a mi mujer, como ya he dicho. Así que dirigí mi vista al apartado "Matrimonio".
Agencias, viudos, separada sin hijos... Casi al final, cuando ya me daba pereza incluso la idea de cambiar de columna, estaba el anuncio que cambiaría los próximos tres meses de mi vida.
"Chica sueca busca..." Y un numero de teléfono de Valencia. Nada más. Dos brevísimás líneas.
Será una broma, pensé, primero. Luego reflexione que tal vez era una promoción de alguna película o algo. "Chica sueca busca..." Así, con puntos suspensivos. como el titulo de una película de Iquino, allá por los años 70.
Tantas ideas descabelladas provocaba aquel anuncio que fue un acto casi reflejo y automático el arrancar la hoja del periódico, doblarla y guardarla en la cartera.
El Martes, ya de vuelta en la oficina de Madrid, al abrir la cartera para buscar los planos del proyecto que estaba haciendo en Toledo, descubrí el trozo de periódico.
Su voz tenia un fuerte acento extranjero; melosa y su "o" largo, dubitativo "Hooola?"
Estuve tentado de colgar, para que había marcado su numero cuando estaba segura de que, como mínimo, era una bromita de mal gusto y ella seria otra furcia de Guadalajara?
Pero no colgué.
-Hola, soy Javier, llamo por un anuncio en "El País"..., pronuncie las palabras con cautela, como quien pisa huevos.
-Hooooola, Javier! Yo soy Eva, yoooo pooooosoooo anuncio. Contar cosas tuyas, pooor favooor.
Le expliqué, en tres frases, quien era. Ni lo que quería ni, tampoco, que no pretendía serle infiel a mi amada esposa. Ella fue, en cambio, mucho más explícita:
-Ya sabes, me llamo Eva y soy sueca, de Visby. Supongo que preguntaras que para que poner anunciooooo. Yo soy casada, con hombre fabuloso, pero el nooo sexo.
-¿No sexo? - repetí, incrédulo ante semejante declaración de su vida íntima (o falta de).
-Pero, ¿para qué el anuncio?
-Yooooo te quiero conocer. De ceeeerca.
¡Joder! A ver qué hombre es capaz de resistir semejante petición de una sueca! Yo, desde luego que no.Después de colgar y anotar la cita en mi agenda quedé como atontado un ratito. Acababa de quedar citado con una sueca desconocida en unos grandes almacenes ¡de Valencia! Alucinaba conmigo mismo, ¿qué me había hecho prometer desplazarme hasta allí? Yo, con mi estimada media naranja, ya tenía todos los polvos que quería. Pili es de Bilbao pero follar, seguro que folla tan bien como cualquier sueca, pensé…
El día de la cita, el siguiente Viernes, efectivamente cogí el coche y me planté en Valencia en unas pocas horas y a la hora acordada estaba en la cafetería de los grandes almacenes. A mi lado en la barra dejé, como habíamos acordado, un ejemplar de “Private” para que ella supiera identificarme.
A los pocos minutos sentí como una mano se deslizó por mi espalda, pasó por la cintura y se posó, descaradamente, sobre la hebilla de mi cinturón. “Hooooola, soy Eva”, dijo.
Me giré y aluciné. Rubia, llenita en todas las curvas -absolutamente todas- y con una larga cabellera lisa. Sueca, desde luego.
“Eres muy guapoooo. ¿Vamos a cenar?” Sin rodeos. Directa y al grano en todo, como el anuncio. Yo no sabía qué hacer y opté, simplemente por seguirle. Pronto estábamos sentados en un restaurante y sentí como sus pies descalzos jugaban con mis huevos bajo la mesa mientras ella, como si nada, leía la carta de vinos. A mí, desde luego, la erección monumental me impedía hasta saber elegir nada entre los platos de la carta y opté por pedir un filete con ensalada cuando el maître apareció. Ella, Eva, la sueca, pidió unas ostras de primero y un rodaballo al horno de segundo, todo ello sin pestañear y sin dejar de ofrecerme su peculiar másaje-aperitivo con los pies. “Pronto levantaré la mesa con el cipote”, pensé…
Llegó la comida, conversamos un poquito sobre todo o nada; me explicó que su marido era gay y que se habían casado por presiones familiares de “apariencias”.
-Alguna vez hemos montado un trío con algún amante suyo bisex; y me he dejado follar tan ricamente por el chico mientras mi marido me ha penetrado por el culo con mi vibrador negro. Lo que pasa es que, por rrrarrrooo que parezca, Julio Juan es muy celoso. A pesar de que sabe que follo con quien me da la gana, lo que no le gusta es verlo. Además, siempre le cuentoooo mis folladas. Con pelo y señaaaales...Al decir lo último apretó un poco extra los dedos de sus pies sobre mis cojones, que estaban amenazando con reventar en cualquier momento. Pronto...
Pues sí, la señorita sueca demostró estar a régimen y como postre sólo quería una cosa: ¡leche caliente! De repente se deslizó, como una sirena, debajo de la mesa y el mantel; liberó mi tieso instrumento y me hizo una mamada tan experta que no creo que aguanté ni tres minutos antes de soltarle toda la carga entre sus codiciosos labios.
Después, como si no hubiera pasado nada de nade, volvió a “resurgir” en su silla delante de mí, secándose los labios como quien acaba de comerse un helado y sonriendo satisfecha.
-Guuuusta! -confirmó.Después de tan rica cena quedamos en que nos veríamos el próximo Viernes. Misma hora. Otro lugar.
Y, efectivamente, esta vez quedamos citados en la sección de ropa de jovencitas de los mismos grandes almacenes. Pero no nos fuimos a cenar. Simplemente me llevó a uno de los vestuarios, donde sin la menor remora ni preámbulo, metió la mano en mi pantalón, sacó la polla y la mamó hasta dejarla recta y dura como una percha. Fuera, mientras, se oía el trajín y el parloteo de las chicas probándose ropa. “Oye, necesito una talla más grande”; “¿Puedes buscarme este pero en verde?”; “Me lo quedo”... Mientras ella se liberó de la camiseta que ocultaba sus generosas tetorras yo veía pasar piernas y sandalias por debajo de la cortina naranja que era lo único que ocultaba nuestro juego. Luego, sin soltar mi polla, abrió las piernas y la metió en su estrecha y calentita raja, apartando tan sólo las braguitas. Enlazó sus piernas alrededor de mi cintura y así, colgando y cabalgando, me folló. Sí, no me da ninguna vergüenza admitirlo, fue ella quien me folló; ella quien llevó la alternativa todo el rato, siempre, follando y no follando, ella mandaba. Y yo me dejaba.
El siguiente Viernes asistimos a un concierto de “Jarabe de Palo” y me corrí como un loco en su culo, de pie entre la gente, mientras sonaban los últimos estribillos de “Depende”. Y como si realmente dependiera yo agarraba sus tetas con mis manos y forzaba un poco más la estrecha entrada trasera. Sólo su levantada mini-falda ocultaba nuestros quéhaceres al resto de los asistentes... Pero si alguien se dio cuenta lo ocultó, o lo gozó sin inmutarse.
Y así seguimos, cada Viernes una locura nueva; una jodienda más rebuscada y distinta que la anterior. Eva ya había admitido, por si no me habría dado cuenta, de que lo suyo era el exhibicionismo más avanzado; de que realmente gozaba haciendo el amor en los lugares más expuestos y públicos posibles. Siempre fueron polvos rápidos e intensos; siempre con un alarmante riesgo de ser descubiertos... y detenidos.
En nuestro cuarto encuentro propuse que fuéramos a un hotel; que folláramos en la ducha o delante de la tele o sobre la moqueta, pero en privado. Aceptó. Pero me folló... ¡en el ascensor! Sí, apretó el botón de “stop” pero creo que todo el hotel se enteró porque los cables crujían angustiosamente con cada embestida que le dí contra la pared, mientras chupaba de sus hermosos pezones y le taladraba el culo con dos dedos libres.
Entre nosotros, follarse locamente a una sueca todos los viernes era, efectivamente, como un loco sueño. Demasiado fantástico como para ser verdad. Pero sí, ella era de carne y hueso; sus exigencias reales... y más fuertes que mis apetencias. Estaba como loco por ella, pero la certeza de que algún día teníamos que acabar en comisaría enfriaba bastante mi libido. Por un lado estaba cachondo, deseando follarla una y otra vez, en los lugares y momentos más extraños imaginables; pero, por otro, deseaba también saber más de ella; tener una relación más normal...
Finalmente, un viernes cualquiera, después de una descomunal corrida en el descapotable de Eva, aparcado en el aeropuerto, intenté hacerle comprender mis sentimientos. Pero se enfadó, se puso las bragas, arrancó el coche y sin mediar palabra condujo hasta donde yo había aparcado el mío.
-¡Eres igual que tooooodos! ¡Pensáis que las suecas sólo servimos para foooollar! Yo quiero corrrrrerrrme, no soportar hoooombres...
Intenté calmarla, explicar que, precisamente, no quería sólo follar, pero, no me quiso escuchar. Me fui, viéndola hacerse más y más pequeña en el retrovisor; como difuminándose en el horizonte de mi memoria.
Esa noche pegué un revolcón impresionante con mi santa esposa. Una jodienda larga e intensa, con mil posturas distintas encima de nuestra mullida cama matrimonial. Lo malo fue cuando propuso “el último”: quería hacerlo encima de la mesa de la cocina “por la variación” y la mera idea de más variación sexual me mareó y, claro, no fui capaz ni de meterla.
Ahora ya lo sabes, si lees un anuncio que pone “Chica sueca busca...” no estés tan seguro que sea una alucinación. La verdad, a veces, sí supera cualquier sueño mojado...
Carl-Otto