CARTAS DE LOS LECTORES

Sonia

 

De pequeña pensé que la vida sería como en la tele. Que tendría hijos como los de “Con Ocho Basta” con un chico como Brandon de “Sensación  de Vivir” y que jamás de los jamáses nada sería como en “Roseanne”. Quería, como todas mis amigas, ser top model o, en el peor de los casos, presentadora de televisión. Todos estos planes fueron antes del primer sueño. Un sueño de cálida noche primaveral, a solas en la estrecha cama de mi adolescencia.
 Soñé que tenía calor, que echaba de un lado la manta quedando mi desnudo cuerpo cubierto tan sólo por la blanca sábana de algodón. Con mi mano ajusté la sábana alrededor de las caderas. Sentí como un picor agradable entre las piernas, un extraño y desconocido cosquilleo en la zona prohibida que mi madre no mencionaba nunca y que, claro, nunca enseñaba ninguna de las modelos en las pasarelas ni las actrices que salían en Hola!. Ese triángulo cubierto por suaves rizos, justo los suficientes como para poder hacer remolinillos con el dedo índice, que sólo se veía públicamente en las revistas que mi padre guardaba en el cajón, debajo de los calcetines.
 Pero esa noche todo sería diferente. Dejé que mi dedo viajara más allá de los diminutos tirabuzones que cubrían mi pubis. En seguida se deslizó por una húmeda raja que hasta ese momento sólo había conocido superficialmente, con la esponja y las burbujas del gel de cada ducha matinal. Ahora era distinta, resbaladiza y agradable. Saqué el dedo y lo olía, curiosa, sintiendo como su agridulce perfume provocaba la vibración de las aletas de mi nariz.
 Estimulada volví a investigar ese pliegue de mi cuerpo, intuyendo que grandes y sorprendentes placeres se encontraban ocultos allí abajo. Pellizcaba los labios, masajeaba la carnal ranura hasta que las caderas, por iniciativa propia, se levantaban del colchón, inquietas buscando mayor contacto con esos inocentes dedos.
 Pronto encontré el camino hacia el interior, penetrando la gruta primero con uno y luego con dos dedos hasta sentir como la humedad se incrementaba y se deslizaban cada vez con mayor rapidez y sentí como una importante sacudida movió mi cuerpo entero, mientras la sábana caía al suelo.
 Aquella sólo fue la primera noche. El primer sueño caliente de una jovencita que pronto aprendió a masturbarse con todos los trucos existentes, a menudo mirando fotos de Brandon o leyendo las revistas prohibidas de su padre. Recuerdo cómo alucinaba viendo esos gruesos cipotes, tan brillantes como erectos y parecía increíble que una chica fuera capaz de engullir ni la mitad de uno de ellos. Y ver las satisfechas sonrisas de las chicas cuando el semen todavía goteaba de sus labios me parecía un misterio atractivo que tenía prisa por conocer.
 De una de esas fotos guarras aprendí que no sólo se podía introducir dedos sino también otras cosas cuando una chica no tenía a su alcance a un Brandon cualquiera. Una noche, inspirada por las imágenes intensas de la revista, fui a la nevera cuando ya hacía rato que mis padres dormían y encontré lo que buscaba.

 El primer contacto era demasiado frío, pero pronto, lamiéndolo con la lengua de mi boca que todavía no había conocido beso alguno, no sólo estaba a mejor temperatura sino también brillante de mi saliva.
 Era un pepino perfecto, demasiado largo, claro, pero del grueso perfecto para mi virginal coño que sólo anhelaba sentirse penetrado y mis caderas bailaban enloquecidas mientras yo gemía, acariciándome las tetas con una mano y guiando mi objeto del deseo con la otra hasta alcanzar un sabroso clímax que me dejó exhausta.
 Aquello se convirtió en un secreto ritual placentero de casi todas las noches. Me convertí en experta en buscarme distintos objetos para sustituir a esa polla de hombre que todavía no conocía y como no había cumplido los 18, ni existía sex-shop alguno en mi pueblo, la posibilidad de adquirir un vibrador no era una opción real. Y así como mi padre escondía -mal, por suerte mía- revistas porno mi madre no escondía falo alguno entre sus sujetadores (o, si lo hacía, lo escondía mejor)....
 El verano que cumplí los 18 conocí a Mario, un estudiante de telecomunicaciones de 23 años y tras el primer beso -largo y sabroso- supe que por fin saborearía esa felicidad que reproducían las revistas en cuatricomía y que mi cuerpo hasta ahora sólo había podido conocer de modo autosuficiente.
 Dejar de ser virgen fue una experiencia tan fantástica como había soñado. Aprovechando la ausencia de su compañero de piso, Mario me invitó a su casa para “ver la tele y cenar una pizza”. La realidad, claro, fue otra. No llegamos ni a encender la tele ni, mucho menos, a pedir la pizza. El primer beso, en el sofá, me dejó vibrando de excitación y no me opuse cuando sentí como sus manos buscaban el cierre de mi sujetador por debajo de la camiseta.
Sentir como su lengua lamía mis erectos pezones y saborear el salitre de la piel masculina me ponía a cien, perdí todas las inhibiciones y me olvidé de mi timidez. Mi mano, tan hábil en los juegos amorosos con mi propio cuerpo parecía saber con exactitud donde encontrar el objeto de mis deseos. Noté como el bulto de su herramienta apretaba contra el tejido de su tejano y con mano temblorosa busqué la hebilla de su cinturón de cuero y la abrí.
Su caliente polla pulsaba de ardor y se endurecía aún más ante mis vacilantes caricias. Y cuando bajé la cabeza para desvelar su hermosura, bajándole el calzoncillo con los dientes, Mario suspiró y empujaba mi cabeza hacia abajo, ansioso de sentir cómo mamaba una virgen.
No le defraudé en absoluto. Lamía su capullo en redondo, una y otra vez, levantaba la cabeza y luego engullí todo lo que pude de ese nuevo juguete con cuyos placeres había fantaseado durante tantos meses de pajas solitarias. Ni siquiera permití que me follara a pesar de que me lo rogara. “Todavía no”, susurré, con la boca llena, mientras chupaba con más frenesí todavía, hasta sentir como su imparable corrida se desbordaba por entre las comisuras de mis labios y noté el esperma goteando desde la barbilla a mi desnudo pecho.
Luego sí, luego le dejé hacer de todo. Me comía el chocho, me lamía el agujero del culo y no tardó nada en tener otra fantástica erección, más potente todavía, y esta vez sí, esta vez permití que me taladrara hasta el fondo, ¡desvirgándome por fin! Pensé que moriría de placer, jamás había podido pensar que follar, joder, fornicar, hacer el amor o como se llamara fuese tan divertido.
“Es increíble que seas virgen”, musitó él, después, cuando descansábamos, exhaustos, con un ojo en le reloj ante el inminente regreso de su compañero de piso.
Nunca más le volví a ver. Yo volví al pueblo y supongo que él, hoy, ya es ingeniero teleco o algo similar. Quizás incluso me haya visto en alguna de las películas porno que rodé después. Tal vez supo que yo fui una de las protagonistas de “Vampira”, Mejor Película Española en el Festival de Cine del año pasado, y se fue corriendo a alquilarlo a su vídeoclub.
Seguro que no se extraño. Estaba claro que lo mío no sólo era vocación sino tenía que volverse profesión. Gozar y trabajar es un privilegio tremendo, pero todavía, a veces, vuelvo a mis hábitos de adolescente y me apaño yo solita por darme ese placer que tanto necesito...

Sonia



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