CARTAS DE LOS LECTORES
![]()
Fiesta Mayor BOMBOS Y CHURROS
Pasé el verano, como de costumbre, en la finca que tienen mis abuelos en una pequeña población catalana. Está ubicada en las afueras de uno de esos pueblos donde todas las tiendas están en la única calle; donde plaza sólo hay una y donde cada vecino sabe todo sobre sus vecinos… y vecinas. Y en esa aldea también hay, naturalmente, fiesta mayor. Probablemente la tarea más compleja del Ayuntamiento sea ésa: planificar tanta juerga en tan pocos días.
Como toda fiesta mayor que se precie, en la de este pueblo los mayores festejos estaban previstos para el Sábado por la noche y aunque en Agosto todas las noches son Sábado yo también me preparé a fondo para acudir a la gran cena al aire libre que se celebraría en la plaza. El menú sería ensalada y un trozo de un toro enorme que se había estado asando a fuego lento durante toda la jornada.
Y a fuego lento tenía yo también mi libido. Hacía días que mi sexo estaba más solo que un torero ante los cuernos y sólo mi diligencia digital sabía darle consuelo en las largas y calenturientas noches que pasaba en la estrecha cama de mi habitación.
La plaza estaba abarrotada, o al menos todo lo abarrotada que lo puede ser la plaza de una población cuyo censo no alcanza las 1.000. Casi todas las mesas estaban al completo y yo, además, me hice la despistada y “no vi” los gestos de mi abuela ni, desde luego, los de un ex-ligue -de una noche loca, mete-saca-adiós- y me dirigí a una mesa llena de absolutos desconocidos. Aclaremos que en los pueblos de ese tamaño tú puedes tener a todos por desconocidos pero ten por seguro que ellos conocen todo de ti... En general y, sobre todo, en particular, tu vida sexual en detalle. Está claro que en el campo no hay gran cosa más que hacer si no es chismorrear e imaginarse el folleteo ajeno.
Me sentí en una chirriante silla plegable de madera, investigué la ensalada envuelta en plástico sobre el plato de plástico y cambié los cubiertos de plástico al lado izquierdo. Y di un trago la-a-a-a-argo de cava tibio y ya casi sin burbujas. Casi no se puede hacer nada mejor en las fiestas de este tipo sino buscar la borrachera rápida y, si puede ser, gratuita.
Se presentó la chica a mi izquierda. Era la peluquera, una rubia oxigenada de treinta-y-tantos, Mabel. Ella, soltera y con un hijo de cinco años y nacida, ¿cómo no?, en el pueblo. Quedé intrigada por lo de madre soltera en un pueblo donde todos los pueblos parecen, aparentemente, pasar el control de la vicaría. “Estaba casado y sigue casado. Es uno de los “importantes” del Ayuntamiento,” reconoció con resignación pero no sin dejar de sonreír. Como a mi derecha estaba sentado un abuelo con gafas de culo de vaso pareció su compañía doblemente recomendable. Así que nos liamos en una entretenida conversación esmaltes de uñas, dietas milagro y la falta de dinero. No, no hablamos de sexo. Pero sí, regamos toda nuestra sabiduría verbal con cava en abundancia y digamos que nos animamos bastante. Tanto que no me sorprendió demasiado sentir su mano sobre mi muslo, desnudo debajo del pantalón corto de tejano... Yo respondí enlazando mi pierna con la suya... su mano siguió un camino ascendente… entonces, como tanteando el terreno pasé mi mano por debajo de su vestido, acariciando sus anchos muslos hasta encontrar una frontera de algodón húmedo… froté ligeramente aquella tela sintiendo como ella separó todavía más las piernas… y pareció lógico que nos olvidáramos del postre y optamos por desaparecer juntas.
Lo bueno de los pueblos es su inocencia. No se pueden ni imaginar el sabrosísimo revolcón que nos dimos Silvia -que así se llama la peluquera- y yo en el sofá de su modesto piso detrás de la peluquería. Mientras su hijito dormía -es un suponer- en casa de sus abuelos, yo le comía el chocho peludo y salado de la que peina cada Jueves a mi abuela. Tenía una almeja grande y generosa, como la puerta de su peluquería, abierta a todo. Mi lengua taladraba un estrecho y eficaz sendero hasta las profundidades de su soltería desvirgada mientras ella se agarraba a mis tetas como quien busca flotadores en la piscina. Pero para flotadores los suyos. Tenía ella unas gordas y bamboleantes tetorras que ni cabían en el sujetador, con aureolas y pezones de un marrón muy oscuro y, dadas las circunstancias, muy duros, erectos de placer. Pasamos luego a un auténtico 69, uno de esos que no he disfrutado desde que era adolescente y el sexo infantil se limitaba a mutuas comidas de coño y penetraciones de dedos. Sus dedos acariciaba mi pubis rasurado (capricho de mi último noviete) mientras su lengua daba buena cuenta de la experiencia acumulada en varias camas del capital del reino. (No soy nada putilla, pero un buen polvo es un buen polvo, ¿verdad?)Entonces... ¡Silvia me sorprendió!!! Sentí como algo muy parecido a una polla se abrió camino entre los labios de mi chocho y me embistió con fuerza. Jamás me había podido imaginar que esa “inocente” guardara un vibrador negro en el cajón de su mesilla de noche. Desde luego que no lo había adquirido en el colmado de la calle Mayor... Quizás era ese su mejor amigo en las vacías noches cuando el silencio de las secadoras se hacía densa.
Yo, claro, dejaba que me penetrara con lengua, dedos y vibrador y devolvía los favores con todas las artes de las que era capaz... Mamé de sus tetas como sólo lo habría hecho su hijo mientras exploraba el fondo de su vagina hasta que, finalmente, tuvimos unos magníficos orgasmos, las dos.
Los números verdes de su despertador declamaban 03:38 cuando sudada pero satisfecha abandoné el lecho donde Silvia ya dormía. Tropecé con un osito de peluche al salir de la habitación y me pregunté si él era su habitual compañía de cama.
La calle Mayor, naturalmente, estaba vacía, inmóvil y con todas las persianas cerradas, ciegas las ventanas como ojos sin retina. Me dirigí, zapatos en mano, hacia la casa de mis abuelos, segura de estar lejos de cualquiera de las habituales “investigaciones” pueblerinas. Eso, al menos, creí. Hasta que una voz llamó mi nombre desde una puerta abierta. “Carla”, dijo, muy bajito, casi como un susurro, como quien no quiere rasgar la intimidad de la noche.
Me paré y le saludé. Era el cuidador de los caballos de mis abuelos y algunas veces nos habíamos saludado en su casa. Un hombre de unos cincuenta, pero en buena forma, todo fibra, sin un gramo de grasa. Ningún parecido con los fofos jugadores de dominó sino mucho más cerca del “hombre Marlboro”. Un raro ejemplar...
A pesar de tener el chocho todavía jugoso y la almeja aplaudiendo después de los oportunos tratamientos de la peluquera no pude reprimir una sensación de curiosidad. Me paré. Le dije “buenas noches” y poco rato después me encontré despatarrada encima de la mesa de su cocina, dejándome “tratar” con un cipote tamaño caballar. Fue una importante follada que se completó cuando me pidió que me colocara de cuatro patas y así, con el culo en ristre, dejé que me penetrara por la puerta trasera mientras sus dedos seguían lubricando mi insaciable coño de pija urbana. Me dolía porque era con creces la herramienta más impresionante que jamás intentó follarme por allí, pero el dolor era a la vez tan agradable que no quise parar ni perder la agradable sensación de ser un auténtico objeto sexual. Prácticamente no me dirigió la palabra. Lo nuestro era una jodienda hambrienta, animal, sin refinación alguna, sólo en busca de la satisfacción mutua. Sólo nuestros jadeos y los habituales sonidos a carne contra carne llenaban la habitación, iluminada sólo por la amarillenta luz de una farola que se filtraba por la ventana.
Finalmente, de postre, le chupé su gordo pollón hasta dejarlo nuevamente “a punto”, no sin dejar mis labios húmedos de leche espesa. Sus huevos eran gruesos, muy peludos y su cuerpo olía a animal y a hierba sin la interrupción de sofisticados after shaves. Me sentí, yo también, muy animal y me abandoné al dulce placer de sólo buscar la jodienda por la jodienda. Y como propina obtuve, como era lógico, otra follada salvaje, esta vez en la alfombra, delante del televisor. Allí, como quien no quiere la cosa, me hizo correr no una vez más sino dos.
Finalmente, cuando el sol ya acariciaba los adoquines de la calle Mayor, me dirigí hacia la casa de mis abuelos. Me costaba andar, tanto trajín había hecho que el chocho me escocía, el ano me picaba y las rodillas me temblaran ligeramente. Sin embargo me di cuenta, y se lo conté al sol emergente, que en las fiestas mayores hay de todo y que, si una quiere, puede jugar con los bombos y comerse los churros. Todo en una sola noche.
Por Carla