Experiencia erótica de Carlos A., Brazil

Mi mujer desde antes de nuestro casamiento, siempre me manifestó sus reprimidos deseos homosexuales. Yo lo comprendí desde un comienzo, y lo acepte con una cierta mezcla de fascinación y lujuria, que inspiraban mis profundos deseos en nuestras relaciones. La fantasía comenzó inocentemente a tomar forma en nuestras palabras. Yo atrevidamente comencé a investigar su mente femenina, incentivándola a abrirse lentamente como los pétalos de una flor nocturna. El juego comenzó a transformarse en un cosquilleo, en una ansiada confesión de impulsos que paulatinamente íbamos proyectando hacia el exterior de nuestras mentes.
Y claro que esto provocaba la reacción de nuestros instintos, mi miembro se endurecía con un sentimiento nuevo, y su cuerpo se abría cada vez mas, ante el susurro nuevo de cada palabra. Nos excitábamos cada vez mas, y los dos sabíamos que esa cadena de impulsos, inevitablemente un día debería ser satisfecha. Cuando, como, era casi imposible de definirlo, pues no habíamos terminado tal vez de moldear la fina arcilla de lo prohibido.
Yo lentamente la fui induciendo a desear cada vez mas a otra mujer, y ella respondía a todos mis antojos, dispuesta, entregada, hasta que al fin decidí un cierto día que era el momento de concretar en la realidad nuestros deseos. Y fue por esos días que casualmente, me encontré por accidente con una amiga con la que tuvimos un cierto juego erótico nunca concretado en hechos carnales, pues ella tenia por entonces una relación y se sentía culpable de hacerlo a espaldas de su amante. Pero lo cierto es que ese complejo de culpa, ese remordimiento la excitaba tremendamente, pero nunca terminaba de rendirse a mis proposiciones.
Bebimos un café, abrí mis cartas lentamente, y ella respondió curiosa frente a aquel ya conocido juego de mis palabras. Y otra vez, como cierto tiempo atrás, veía su rostro cambiar lentamente de color, obteniendo un rojo intenso, y podía percibir el movimiento de sus piernas rozándose una con la otra.
Le sugerí la fantasía de mi esposa, y ella excitada con el erotismo de mis palabras me confeso la suya, un profundo deseo de sumisión hacia otra mujer. Las piezas concordaban, mi obra maestra fue tejiéndose, armándose una con
otra, las fui induciendo a las dos, confrontándolas a pesar de ignorar su existencia, hasta que llegue al convencimiento de que las dos habían elaborado una imagen y una atracción, faltaba solo convencerlas de concretar aquella confrontación.
Minuciosamente como un artesano, fui descubriendo el velo del misterio, desvelándole su mutua existencia, y los mutuos deseos.
Las dos respondieron, mojándose, deseando, hasta que decidí llevar a la práctica aquel encuentro que colmaría todas nuestras expectativas.
Nunca olvidaré sus rostros cuando se confrontaron por primera vez. Mezcla de curiosidad y timidez y las dos claro esta, escondiendo mutuamente aquella indescriptible voluntad de liberar sus fantasías.
Cenamos, bebimos vino, hablamos al comienzo de un sin fin de frivolidades, política, congestionamiento de trafico, escapismo tímido, los tres sabíamos el final del juego, solo que temíamos la vuelta atrás de alguno de los
participantes. De alguna manera ya dependíamos de nuestro equilibrio, los tres llevábamos el equilibrio de una base, los tres ya éramos un aire invisible. Las caricias fueron sutiles, casi por accidente, y las flores nocturnas comenzaron a eximir su aroma. El sexo exploto naturalmente, nos arrancamos la ropa, nos revolcamos, excitados, vencidos y victoriosos. Mi mujer pidió su sumisión y ella se la entregó sin dudar, desnudas, mojadas se abrazaron y
mi amiga hincándose ante ella, bajo su rostro con una expresión hermosa de entrega. Mi mujer comenzó a dominarla, a ordenarle cosas, ella concordaba, entregada, resignada a la única posible realización de su ser más profundo.
Yo observaba excitado, gozando con mi miembro erecto, húmedo jadeante entre mis manos. Mi mujer quito el cinto de mi pantalón, y comenzó a castigarla en sus nalgas, hasta que sus nalgas comenzaron a tornarse de un color rosado
palpitante. Luego le ordeno lentamente cosas más indignas, ella aceptaba, apresurada en satifacerla. Así fue que lamió nuestros zapatos, se trasladó en cuatro patas como un animal por la habitación, asida por el cuello por mi
mujer que gozaba apretando el cuero del cinto en su dulce cuello. Ella agradecía cada propuesta de mi mujer, quien simultáneamente más aumentaba sus depravadas ordenes. Evitamos tocarnos por mucho rato, hasta que la excitación se hizo intolerable y mi mujer y yo en sendos turnos, fornicamos a la sumisa doncella. Afuera se percibía el tibio resplandor del amanecer, cuando nos rendimos exhaustos al suelo. Desde entonces nuestra esclava duerme a nuestros pies,
goza profundamente con ser eso, una esclava, un ser sumiso, entregado a un
juego que se convirtió en una forma indescriptible de vida.
Espero que te haya gustado.
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